La atención es el mejor fertilizante para hacer crecer plantas, ideas, sueños, proyectos y relaciones.
Todo aquello a lo que le quitamos atención se estanca, deja de crecer, de prosperar, de expandirse.

Cuando somos bebés atravesamos una etapa fascinante del desarrollo cognitivo. El psicólogo suizo Jean Piaget la llamó permanencia del objeto. Antes de que esta capacidad se desarrolle, aquello que desaparece de nuestra vista parece desaparecer también de nuestro mundo. Si un juguete queda oculto bajo una manta, para el bebé deja de existir. Si una persona sale de la habitación, es como si se hubiera desvanecido de la realidad.
Con el tiempo aprendemos que las cosas continúan existiendo aunque no podamos verlas. Comprendemos que la realidad es más amplia que aquello que está frente a nuestros ojos en este preciso instante.
Y pese a este conocimiento adquirido, muchas veces continuamos manteniendo con nuestros sueños, proyectos y deseos de una forma curiosamente parecida a la de aquel bebé. No porque creamos que han desaparecido, sino porque dejamos de prestarles atención. Pasan los días, las obligaciones ocupan espacio, las urgencias reclaman nuestra energía, y aquello que alguna vez fue importante comienza a quedar oculto bajo capas de rutina. Sigue existiendo, pero deja de estar presente en nuestra conciencia.
La atención tiene un valor muy poderoso. No porque vaya a crear mágicamente la realidad, sino porque nos ayuda a mantener visibles las posibilidades que queremos desarrollar.
Lo que permanece en nuestro campo de atención tiene más oportunidades de recibir tiempo, energía, acciones y decisiones alineadas con su crecimiento.
Cuando sembramos una semilla, no la desenterramos cada mañana para comprobar si sigue allí. Sabemos que continúa existiendo aunque no podamos verla. Confíamos en el proceso. La regamos, protegemos del frío si es necesario y no la olvidamos, pueden pasar horas o días sin atenderla, pero no la olvidamos.
La energía de nuestros proyectos, nuestros vínculos, nuestra salud o nuestros anhelos necesitan algo parecido. No una vigilancia constante ni una preocupación permanente, sino una presencia consciente. Un recordatorio de que siguen allí, creciendo muchas veces bajo la superficie, incluso cuando los resultados todavía no son visibles.
Una parte importante de crear la vida que deseamos, consiste en recordar aquello que elegimos cultivar. Mantenerlo presente. Regarlo con pequeñas acciones.
Confiar en que las semillas que reciben atención encuentran, tarde o temprano, la manera de abrirse paso hacia la luz.
De igual forma que los sueños a los que no les retiramos nuestra energía se acercan cada vez más a formar parte de nuestra vida si elegimos no olvidarlos, si elegimos en forma consciente, continuar invirtiendo energía en ellos.

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