Andrea

Cuando yo tenía 5 años, mamá vivió una de esas experiencias que se recuerdan como de las peores o más estresantes de la vida. Por alguna razón incomprensible, un pensamiento recurrente la atormentó por casi un año. Una idea de esas insistentes que persigue, se reitera y se anida en la mente.

La misma versaba:

«Antes de que cumpla los 6 años, la vas a ver en el cajón».

Mi padre, un obsesivo con mi cuidado y seguridad, que nunca tuvo más hijos porque en vez de disfrutar mi niñez la sufrió con cada fiebre, golpe o raspón que yo me daba, y encima rezongaba (creo que de impotencia por no poder impedir que me hiciera algún que otro machucón); no era buen receptor de este tipo de información que llegaba como un malísimo augurio. Ante ese panorama era imposible compartir esta experiencia con él, recibir apoyo y contención por ese lado estaba descartado, si se pretendía que yo siguiese viendo la luz del sol y realizando actividades con normalidad.

Así siguió esta voz interna, taladrando en soledad, insistiendo en todo momento… Lavando ropa, cocinando, paseando, antes de dormir, al despertarse; sin un patrón más que la reiteración de ese pensamiento, que sonaba como una grave voz interna y que decretaba lo peor.

Esto siguió durante meses, con angustia, miedo, desesperación y solamente la contrapartida que da la fuerza y coraje de una madre de decir: no, nada va a pasarle.

Así llegaron mis 6 años, y recuerdo nítidamente esa tarde rara; con la visita de una prima de mamá, una especie de tía abuela sabia, casi una chamana familiar, de sobrenombre ‘La Rubia» (creo que era la única persona enterada en ese entonces, de todo el peso que vivió mamá esos meses); me acuerdo que pasó el heladero sonando su campana y me compraron un helado que venía en una copita de plástico (que hasta el día de hoy veo entre mis manitos agradecidas), no recuerdo ningún otro cumpleaños de esa época. Este fue particularmente especial, algo diferente se sentía; algo había que agradecer con fuerza, lo veía en sus caras de mujeres sabias (no me enteraría hasta pasados muchos años, de esta historia que hoy escribo); la energía de mamá fluyendo… mezclada con alegría, mezclada con agradecimiento y con liberación.

Liberación de esa carga que se arrastra desde hace demasiados meses, carga de angustia, miedo e impotencia. Llegaron mis seis años y el pensamiento recurrente se desvaneció. A las 16:25 de ese 9 de enero de 1978 estoy casi segura; porque eso sí que no lo recuerdo; que recibí el abrazo más apretado de toda mi existencia, el abrazo más feliz de todos tiempos, el abrazo más agradecido/liberador/triunfador de toda SU existencia, el abrazo que mami pudo dar como muestra de fuerza y sobreponiéndose a meses de angustia extrema. No puedo ni imaginar lo que habrán sido esos meses para ella, donde la vida continuaba, donde había que ir al jardín, donde imagino que hasta una hamaca o un tobogán resultarían sumamente amenazantes para esa chiquita de 5 que alguien se había emperrado en pronunciar que no iba a llegar a los 6.

Pasaron los meses, siguió la vida, el primer año escolar se abría ante mí, ante todos; letras números, mi maestra Silvia, los trencitos que eran pequeñas ecuaciones donde aprendimos que + y – separan términos y que la multiplicación podía ser aprendida en primero si la disfrazábamos de ‘tantas «veces» tal; cosas cotidianas que hacen olvidar las cargas emocionales vividas anteriormente.

Siguió pasando el tiempo… Mi prima Andrea, lo más parecido a un sol hecho niña, es diagnosticada con leucemia. La visitamos, la acompaño a lo de una vecina de su edificio a que le seque el pelo (años después entendí que nos estaban alejando para tener un espacio con esa mamá desesperada), mi prima me da una buena enseñanza de vida, con sus 5 añitos…» Cuando se separa …es porque ya está seco». ( Hasta el día de hoy a veces me encuentro secándome el pelo y resuena esa frase que quedó guardada en mí. «Cuando se separa, es porque ya está seco».

Sé que esta enferma, me lo han dicho, muy enferma. 22 días después llega la noticia, los niños con su maldita velocidad de reproducción celular, todo pasa demasiado pronto; sentimiento de devastación, de falta de entendimiento… Para un niño, otro niño no muere. Los niños no mueren. Me quedo en casa con papá, mamá sale con la abuela.

Impotencia extrema.

Y al poner un pie en la sala velatoria, esa misma voz olvidada, callada, dejada atrás y tapada por el triunfo de haber superado lo que parecía la peor amenaza; se vuelve presente una vez más y de la nada estalla con sonido fuerte y le dice con voz socarrona a mamá:

«Viste… Te dije que antes que cumpliera 6 años la ibas a ver en el cajón».

Terror.

Una madre con una hija recién muerta, consolando la crisis nerviosa y de llanto de otra madre, que ya lo sabía de alguna forma, pero que no se había dado cuenta que apuntaba para ahí.

La culpa posterior, miedos, dudas. Puede el amor de madre derivar hacia otro lado los vaticinios funestos del destino cuando este es tan cruel?. Puede alguien querer comunicarnos algo y que no lo entendamos porque el miedo nos nubla?. Mil respuestas que nunca llegarán. Lágrimas que nunca se secaron.

Hoy a 42 años de ese cumpleaños tan raro, puedo recién recrear lo que pasó. Seguro hubiera encontrado en vos una mejor amiga Andrea Lema y recién caigo en la cuenta de por qué siempre dije (cosa que no sucedió) que quería que mis hijos tuvieran como segundo nombre Andrè, cosas raras de esta vida… Cosas que se guardan bien adentro.

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